La afición al deporte y mi mala cabeza me han llevado directamente al quirófano en varias ocasiones. De hecho, he llegado a ser portador de hasta doce clavos de titanio para alborozo de los arcos de seguridad de los aeropuertos. Han sido unos cuantos cirujanos y afortunadamente todos hicieron bien su trabajo.

doctorPero si tuviera que recomendar a alguno de ellos, comparando a los que entraban en el quirófano y sólo con la mirada ya me decían «aquí estoy. Usted es el paciente y yo el que mando en este territorio. No dé la lata, pórtese bien y duérmase rápido que tengo muchas más cosas que hacer», frente al que me saludaba por mi nombre, se interesaba por la actividad deportiva que me había llevado hasta sus manos y, antes de caer sumido por el sueño de la anestesia, me decía, «no te preocupes que dentro de poco volverás a estar haciendo el cabra», sin dudarlo recomendaría a alguno que se ajustara a este último perfil.

Y es que tendidos sobre una mesa de operaciones, indefensos y vulnerables, resulta que nuestra vida está en manos de alguien a quien no conocemos de nada. Es un puro acto de fe. O confiamos en esa persona o mejor salir de allí disparados, si podemos. El cirujano capaz de dedicar un esfuerzo a generar confianza a su paciente através de una breve pero próxima y cálida conversación, es el que yo quiero. Su capacitación técnica la doy por hecha.

¿Y cuál es la otra profesión, además de la médica, en la que, al menos yo, siento que mi vida está de manera innegociable en manos de alguien a quien no conozco de nada?. Efectivamente, los pilotos.

Toda esta reflexión viene a cuento porque el pasado 3 de enero, en el vuelo 8172 de la aerolínea colombiana AIRES  que cubría el trayecto entre las ciudades de Bogotá y Cartagena de Indias, viví una experiencia desconocida para mí hasta ahora a pesar de ser uno de esos denominados viajeros frecuentes o frecuent flyers, entre nosotros.

Frente al estereotipo -entiendo que siempre hay excepciones- que yo personalmente tengo formado del piloto, cuarentón, pintoncillo y cool, ligera melenita, sus eternas Ray Ban, altivo frente al pasaje y parapetado en su inaccesible cabina, atravesando los cielos colombianos me di cuenta que los pilotos-persona también existen.

Habían transcurrido ya unos 20 minutos de vuelo cuando en la cabina de pasajeros se oyó la voz del comandante -capitán en latinoamerica- . Tras unas primeras palabras rutinarias, este capitán, del que desafortunadamente nunca supe el nombre, entendió que contando una o varias historias sus pasajeros tendrían un vuelo mucho más agradable. Detalló la ruta que ibamos a sobrevolar; habló de las características de los habitantes de Tunja y su vida en torno a la recolección de la papa; explicó detalladamente cómo se formó la cordillera andina central que rasga el país con violencia y que podíamos ver a la izquierda del avión; destacó la importancia vital de la caña de azúcar para las personas que habitan la zona de Barrancabermeja; el motor económico que supone la ganadería para las regiones de Bolívar y Atlántico, que sobrevolaríamos en unos minutos, invitándonos a observar desde las alturas el drama que ha supuesto para cientos de miles de personas las inundaciones en aquella zona, consecuencia de la rotura del Canal del Dique y el desbordamiento del río Magdalena. La visión desde mi asiento era dantesca. Miles de hectáreas inundadas con decenas de pueblos borrados del mapa colombiano. Nuestro capitán continuó. Habló de solidaridad y de la necesaria responsabilidad de las castas políticas del país para buscar soluciones a la tragedia. Conciencia social y conciencia histórica. Porque también hizo un breve repaso de las andanzas del español Pedro de Heredia, fundador de la ciudad de Cartagena, destino final de nuestro vuelo. Habló de aquel puerto como uno de los principales puntos de recepción durante los siglos XVI, XVII y XVIII de centenares de personas cazadas como animales en unas lejanas tierras llamadas África. Cadena perpetua a la esclavitud, dijo el capitán. Habló de aquellos hechos como uno de los más vergonzantes para la raza humana junto al holocausto nazi.

Nos dijo que en Cartagena la temperatura que nos esperaba era de 29 grados y que seguro disfrutaríamos de la magia de la ciudad. Antes de desconectar su micrófono felicitó a todo el pasaje el nuevo año.

Bajando del avión intenté ver la cara del capitán. No puede. Pero alcancé a ver el nombre del Boeing 737 impreso en su fuselaje: De pura cepa.

Doy por hecho que el cirujano me sabrá operar igual que el piloto sabe volar un avión. pero si tengo que elegir me quedo con el cirujano-persona y con el piloto-persona. Me gusta tener la sensación de que hay momentos en que mi vida está en manos de personas. Personas de pura cepa

Esteban Bravo